El cuchillo como cubierto es, en términos históricos, un recién llegado. Pero no se te escape que, como herramienta de cocina, tiene tantos años como el homo que corta. Lo mismo ocurre con la cuchara. Aunque esta afirmación suene contradictoria, es completamente cierta. A saber.

Cuchillo. Chef Koketo

Índice

  1. Homo Habilis y algún homo sabio
  2. El Paleolítico
  3. El tétanos. La Edad del Hierro
  4. Las aleaciones
  5. Aceros inoxidables. ¡Qué, nos «hacemos»!
  6. El cuchillo de punta roma y el duque Richelieu
  7. No siempre fueron matrimonio

Homo Habilis y algún homo sabio

Si eres de los que creen en el terraplanismo o niegan el darwinismo, te invito a cerrar esta pestaña o, al menos, a saltarte un par de párrafos. Lo que viene podría afectar gravemente a tu frágil arquitectura mental.

Me explico: desde que el ser humano descendió del árbol, dejó de alimentarse de lo que encontraba por casualidad y comenzó a cazar con método, necesitó herramientas para cortar sus presas y manipularlas. Por mucho que Obélix se lanzase sobre jabalíes enteros para devorarlos, lo cierto es que no resulta práctico hincarle el diente a un cerdo salvaje de 200 kilos sin una mínima ayuda.

Eso no quiere decir que nuestros ancestros usaran el cuchillo con elegancia para cortarse una loncha de lomo y llevársela a la boca con dos dedos, no. El cuchillo era para lo que era: trocear, desgarrar, rebanar. Luego, lo demás se hacía con las manos o los dientes, a mordiscos. Hasta ahí llegaba el refinamiento. También es cierto que yo mismo he visto a ciertos Homo sapiens —con nómina y coche en propiedad— llevarse a la boca piezas de entrecot que podrían haberse mutilado con un hacha. Y eso, amigos, no convierte al cuchillo en cubierto.

El cuchillo en el Paleolítico

Dicho esto, podemos considerar que los primeros cuchillos como herramienta aparecieron en los últimos compases (no de Beethoven, sino del Paleolítico Superior). Algo se nos removió por dentro durante esa época: nos dio por pintar bisontes, hacer figuritas eróticas de barro y tallar objetos que iban más allá de los palos y las piedras de rigor.

Los cuchillos de entonces eran toscos, sin mango, sin filo uniforme… pero oye, al menos no había que preocuparse por meterlos en el lavavajillas. Eran lascas de sílex, obsidiana o hueso, arrancadas a fuerza de golpe seco. Una vez usados, se tiraban o se reciclaban como rascadores. Confieso que me despierta cierta simpatía la idea de usar una costilla del vecino como cuchillo improvisado. Todo muy ecológico.

Con el tiempo, el hombre de Neandertal (ese primo bruto pero brillante) descubrió que añadir un mango evitaba cortarse por accidente. Un avance revolucionario que, pese a todo, no ha logrado evitar que hoy en día sigamos viendo dedos vendados en las cocinas profesionales.

El tétanos. La Edad del Hierro

Algunos indicios apuntan a que ya hacia el 4000 a. C. los egipcios y sumerios jugaban con el hierro, aunque era tan caro que lo usaban más bien para rituales que para cocinar. Eso sí, el material gustó tanto que dos milenios después se extendió por toda Mesopotamia como tendencia imprescindible. El hierro era el nuevo oro, pero más práctico.

Cuchillo. Chef Koketo

Las aleaciones del cuchillo

Durante siglos, el cuchillo de batalla fue de bronce, una aleación de cobre y estaño bastante manejable. Yo tengo cierta debilidad por los cubiertos de cobre en la mesa: dan un aire retro, elegante… y te intoxican si los usas con tomate. Cuidado con eso.

A partir de los siglos XII al X a. C., el estaño empezó a escasear, y el hierro tomó el relevo. El cuchillo dejó de ser símbolo de poder ceremonial para convertirse en herramienta de guerra, cocina y joyería. Porque sí, en la Edad del Hierro lo mismo te apuñalaban que te hacían un colgante.

En China, como siempre, iban por delante. Literalmente tocaban el cielo: el primer hierro utilizado allí era de origen meteórico. Se han hallado cuchillos forjados a partir de meteoritos que datan del siglo VIII a. C. Lo que se dice cocina de altura.

Aceros inoxidables. ¡Qué, nos «hacemos»!

Al principio, el hierro se mezclaba con escoria y se forjaba a martillazos, pero el resultado era frágil. Así que los herreros inventaron la carburización, un proceso que hacía los cuchillos más duros y duraderos.

Aunque es probable que el acero tenga más de 2.000 años, no hay constancia de que el templado se conociera hasta bien entrada la Edad Media. Aún no existían las fundiciones modernas. Se tiraba de fragua, carbón vegetal y aire a pulmón. El herrero martilleaba el hierro para eliminar impurezas, lo mezclaba con carbono y obtenía algo parecido a lo que hoy llamamos acero. No sería hasta 1856 cuando Henry Bessemer desarrolló un método industrial para producirlo en masa. Y así, al fin, las cuberterías se democratizaron.

El cuchillo de punta roma y el duque Richelieu

Aquí entra en escena el cardenal Richelieu. Sí, el mismo de Los tres mosqueteros, ese estadista francés con pinta de villano de Marvel. Resulta que monsieur no soportaba ver a los nobles limpiarse los dientes con la punta del cuchillo tras la comida. Algo comprensible, ya que los mondadientes no se inventarían hasta 1887, gracias a un grupo de estudiantes de Harvard que, como buenos gringos, robaron la idea a los indígenas brasileños.

Harto del espectáculo dental, Richelieu ordenó a sus criados que limaran las puntas de todos los cuchillos de mesa. Y así nació el cuchillo de punta roma. Una moda que se extendió por toda Europa. A finales del siglo XVII, las cuberterías distinguían claramente entre cuchillos de cocina (con punta afilada) y cuchillos de mesa (con la punta limada).

Pero esa no es la única teoría. Algunos cuentan que durante las cenas de la corte, las discusiones subían de tono y acababan a cuchilladas. Una sobremesa bien regada podía derivar en una carnicería verbal y literal. Para evitarlo, se redondearon los filos. Luis XIV lo institucionalizó, y más tarde, Carlos III de España prohibió el uso y transporte del cuchillo de doble filo en la vía pública. Si eso no es legislación preventiva, que baje San Isidoro y lo vea.

Cuchillo. Chef Koketo

No siempre fueron matrimonio

Hoy nos parecen inseparables: el cuchillo y el tenedor, el yin y el yang de la cubertería. Pero no siempre fueron pareja. Hubo un tiempo en que el cuchillo lo hacía todo. Uno trincha, otro se lleva la carne a la boca. Uno en cada mano, como si el Homo sapiens fuera un ninja de la carne.

Hoy tenemos cuchillos para todo: puntilla, mondador, perlado, jamonero, fileteador, deshuesador… La lista es casi tan larga como la factura de una boda. Si quieres conocerlos todos, tienes un artículo esperándote con los brazos —y los filos— abiertos.

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