El tenedor: de la Edad de Piedra a los tiempos modernos, una historia muy punzante.
Imaginemos por un momento que fuéramos seres primitivos, por ejemplo un Homo Antecessor o tal vez más antiguo, un Homo Erectus que fue el descubridor del fuego, además de ser capaz de domesticarlo. Junto a las ascuas de una hoguera pretendes saciar tu hambre, frente a ti hay un delicioso trozo de carne recién cazada, un magnífico T-bone hecho a las brasas. ¿Qué haces? ¡Pues lo tomas con las manos, claro! Pero, el calor te quema los dedos y la grasilla se esparce por tu cuerpo, es en ese precioso momento cuando surge una chispa de creatividad en tu cerebro. Así que agarras un palo afilado y, sin más, has inventado el «proto-tenedor». Eso sí, aún faltan miles de años y muchas comidas incómodas para que este rudimentario utensilio se convierta en la herramienta elegante, resistente y sofisticada que conocemos hoy.
Algunos de los utensilios presentes en nuestra mesa y que pensamos que han estado ahí siempre, tardaron mucho tiempo en incorporarse a nuestro repertorio. Si bien la cuchara, es la más antigua, el cuchillo y el tenedor se hicieron esperar tanto o más como la propia servilleta. Esta última invención se le atribuye al mismito Leonardo da Vinci en 1491, hasta entonces, ropas y manteles cubrían esa función. Siendo sinceros, todavía hay quienes siguen con estos hábitos medievales para desespero y repudio de anfitriones, restauradores y compañeros de mesa. Pero el protagonista de nuestro artículo tiene algunos siglos más de antigüedad, no muchos, vamos con ello.
Índice
- Edad de Piedra: Me han regalado un palo
- Antigüedad: Grecia y Roma — La cuchara lo tenía fácil, pero ¿y el tenedor?
- Edad Media: ¡Blasfemia!
- Renacimiento: elegancia y estilo
- Siglos XVII y XVIII: de lo analógico a lo digital
- Hoy en día: El tenedor en la era moderna
- Epílogo

Edad de Piedra: Me han regalado un palo
En los albores de la humanidad, lo más parecido a un tenedor probablemente fue cualquier objeto afilado en su punta que permitiera ensartar trozos de comida que llevarse a la boca, siempre que la mano no lo permitiera. Los primeros tenedores eran, sin duda, maderos puntiagudos improvisados que se utilizaban para recoger trozos de carne de animales, pescados o alguna fruta. La sustento alimenticio era un asunto manual, pero la idea de un utensilio que pudiera ayudarte a evitar quemarte los dedos fue un primer paso evolutivo, ya no hablemos de limpieza y menos de higiene personal.
Podemos imaginar a nuestros ancestros en la cueva, probando diferentes utensilios, con el jefe de la tribu diciendo algo así como: «¿Por qué solo uno, si podemos tener varios pinchos para mayor eficacia?». Y así, de repente, algún genio prehistórico inventó la versión beta del tenedor.
Antigüedad: Grecia y Roma — La cuchara lo tenía fácil, pero ¿y el tenedor?
Si avanzamos unos cientos milenios, más bien decenas de milenios, llegamos a las civilizaciones antiguas, como la griega y la romana, donde ya comenzamos a ver utensilios más sofisticados. Pero el tenedor, como tal, seguía sin aparecer. Mientras que la cuchara y el cuchillo dominaban las mesas porque, ¿qué puede ser más satisfactorio que cortar y «cucharear»?, y más importante ¿A qué no sabías de la existencia de este verbo?.
Los objetos similares a un tenedor estaban relegados a otros usos más funcionales, como ensartar carne en las cocinas, como herramienta agrícola o para lucir en la mano de Neptuno como arma.
¿Tenedor en una mesa? No, eso sería demasiado para los antiguos romanos que preferían seguir comiendo con las manos, porque claro, ¿quién necesita utensilios cuando tienes festines opulentos y esclavos que te ayudan a todo?
Pero aún faltaban siglos de prejuicios religiosos y mucha resistencia cultural para que el tenedor llegara a nuestras mesas.
Edad Media: ¡Blasfemia!
La verdadera historia del tenedor como utensilio de mesa no comienza a tomar forma hasta el siglo XI, cuando la nobleza bizantina, más sofisticada que una tertulia de moda, comenzó a usar este extraño instrumento. Se dice que la princesa Teodora, hija del emperador bizantino Constantino X Ducas, al casarse con el noble veneciano el dux Domenico Selvo, trajo consigo un pequeño tenedor de oro con dos dientes, (tampoco hay que excederse y más sabiendo las consecuencias, si llega a tener tres puntas la decapitan). La gente quedó horrorizada. ¡Usar un tenedor para comer! Era considerado un insulto a Dios, porque, según algunos teólogos de la época, las manos eran el único utensilio digno de tocar los alimentos que nos daba el Señor.
Los moralistas europeos condenaron a Teodora, el cardenal benedictino San Pedro Damián la increpo desde su púlpito con tal fuerza que nadie se atrevió a imitarla por miedo a ser excomulgado. Cuando la dogaresa (mujer del dux) falleció, los cleros afirmaron que su deceso fue un castigo divino por su pecaminoso uso del tenedor. Ufff, ¡Cómo estaba el personal!

Renacimiento: elegancia y estilo
El renacimiento fue un período de grandes descubrimientos: el arte floreció, los científicos revolucionaron el pensamiento, y el tenedor… ¡se puso de moda! Fue en Italia donde finalmente se comenzó a ver al tenedor como un utensilio elegante y refinado, apto para las mesas de la nobleza. Poco a poco, los venecianos fueron cayendo en la tentación que inspiró Teodora y el uso de este artículo infernal se extendió hasta Lombardía y Venecia.
¿Y qué fue lo que facilitó su popularización? Sin duda no te lo puedes imaginar: ¡La pasta! Así es, en una era donde los espaguetis y fideos comenzaban a ser habituales, la necesidad de enrollar con estilo un buen plato de pasta hizo del tenedor una herramienta indispensable. ¿Cómo lo hacían antes? Para mí es un misterio.
Los italianos, siempre adelantados en temas de moda y elegancia, popularizaron el uso de un tenedor con múltiples dientes. Ya no era un utensilio rudo de dos púas para ensartar carne, ahora tenía tres y cuatro dientes que facilitaban las comidas y, más importante aún, mantenían las manos limpias (esto es una aportación mía, porque visto, lo visto, la pulcritud estaba algo infravalorada). ¡La nobleza italiana se aferró al tenedor con el mismo fervor con el que la burguesía se aferraría más tarde al arte del selfie!
Así pues, el tenedor era un instrumento habitual en Italia ya en el siglo XV, solo quedaba exportarlo al resto del mundo que seguíamos manchando nuestras manos con restos de comida.
Siglos XVII y XVIII: de lo analógico a lo digital
El tenedor, considerado menos escandaloso y bendecido por la comunidad religiosa, finalmente se atrevió a superar los Alpes y llegó a la elegante corte francesa en el siglo XVII, donde Luis XIV al final de su vida adoptó su uso. El regente y sus seguidores, que nunca rehuían de una buena tendencia, comenzaron a adoptarlo, ya os aseguro que les costó.
Por tanto, fue en Francia donde el tenedor se convirtió oficialmente en parte del servicio de mesa formal. Los gabachos, con su amor por la etiqueta y el refinamiento, lo perfeccionaron. Diseñaron tenedores más elegantes y los convirtieron en un cubierto imprescindible en todas aquellas comidas que se preciaran de tener un mínimo de clase.
Así, el tenedor ya no era una rareza bizantina o un invento italiano, sino un símbolo de sofisticación y estatus. Si querías ser alguien en la Francia del siglo XVIII, necesitabas dominar el uso del tenedor con una gracia digna de un virtuoso, ¿Dónde quedaron los modales de nuestros amigos los Homos erectus?.
En España el uso del tenedor no se difundió hasta el siglo XVIII. Se conocía un utensilio parecido, llamado broca, que hacía las mismas funciones del tenedor, pero solo tenía dos puntas.

Siglo XIX: Expansión global y la industrialización del tenedor
Con la Revolución Industrial, los tenedores dejaron de ser exclusivos de la élite. No todos tenemos para comprar cubertería de oro o plata, y pasaron a estar al alcance de la clase media y baja. En Inglaterra y los Estados Unidos, los tenedores comenzaron a producirse en cadenas, con diseños más funcionales y accesibles. Se convirtió en un utensilio omnipresente en la vida diaria, y las cenas sin un tenedor comenzaron a ser vistas como algo propio de salvajes, a excepción de la pizza y las hamburguesas, lo demás requería su presencia.
Por contra, los chinos seguían con la suya, prefería utilizar los palillos y, todavía hoy el uso del tenedor en ese país y otros de la zona asiática sigue siendo minoritario. No hace falta que te lleves tu tenedor si viajas, pero si te recomiendo que aprendas a utilizar los palillos para disfrutar de la experiencia.
Hoy en día: El tenedor en la era moderna
El siglo XXI ha traído nuevas posibilidades para el humilde trinche, además de materiales, diseños y más o menos puntas. Tenemos variantes como el tenedor de mesa, de ostras, de pescado, de postre, de caracoles… y como resultado del I+D, «el spork» que no es otra cosa que un híbrido, fruto del amor entre un puntiagudo tenedor y una oronda cuchara. Este término proviene de los vocablos ingleses spoon (cuchara) y fork (tenedor), por lo que una traducción correcta al español sería «cuchador» («cuchara» y «tenedor»). ¡Ojo! que la RAE todavía no lo ha incorporado.

Una variante española de este «cuchador» es el «tenedor arrocero», cada vez más frecuente para el consumo de paellas o arroces secos y melosos. Si bien el «spork» es más ancho que largo (recuerda más a una cuchara con pequeños dientes), en nuestro caso es al contrario (las puntas se unen formando una pala a modo de cuchara). Este nuevo utensilio de mesa fue creado por los alicantinos y fabricado por una empresa Vasca especializada en menaje. En su desarrollo estuvo implicado el dueño del restaurante Dársena, Antonio Pérez Planelles. Todo lo que ayude a disfrutar de este plato nacional y que no desperdiciemos ni un grano de este cereal, es bienvenido y, creedme cuando os lo digo, es muy útil.

Epílogo
La historia del tenedor es la historia del prejuicio, la innovación y la resistencia al cambio. Es también la historia de cómo un objeto tan simple puede simbolizar el paso de la barbarie a la etiqueta, del banquete romano al brunch con aguacate.
Así que la próxima vez que levantes tu tenedor para atacar una ensalada o enrollar un espagueti, recuerda que llevas en la mano siglos de historia, polémicas, herejías, innovación… y un poquito de Teodora bizantina.

